A Cesar Augusto de Horacio

RESUMEN

 Harta nieve y áspero granoso envió ya a la tierra el padre de los dioses y harto ha herido con su diestra fulminante los alcázares sagrados, dando terror a la ciudad.

Ha espantado a las naciones. Las naciones han temido no volviera el desastroso siglo en que Pyrra, deplorando prodigios desconocidos, vio a Proteo llevarse todo su rebaño a las altas cumbres, vio que los peces se paraban en lo alto de los olmos, asiento habitual de la paloma; vio los empavorecidos gamos nadando en las invasoras oleadas.

Hemos visto que el Tiber, rebatidas con violencia sus aguas amarillas de la rivera etrusca, iba a derribar la tumba de un rey y el templo de Vesta y proclamándose así vengador de Ilia, su esposa desolada, se desbordaba impetuoso, invadiendo la orilla izquierda a pesar del mismo Júpiter.

Los jóvenes romanos pocos numeroso debido al furor de sus padres, sabrán cómo los ciudadanos aguzaron al hierro con que mejor hubiese sido perecieran los persas enemigos; sabrán nuestras guerras parricidas.

¿A que dios llamara el pueblo en ayuda de este imperio que se desmorona? ¿Con que suplicas fatigaran las santas vírgenes a Vesta, sorda a sus lamentos? A quien cometerá Júpiter el cargo de purgar sus maldades. ¡Ven, por favor, Agorero Apolo, vestidos tus hombros de una blanca nube! ¡O tú, si lo prefieres, tu, riqueza Erycina, en torno de quien vuelan el torno y el deseo! ¡O ven tú mismo, padre de los romano, si que es echar una mirada sobre tus olvidados hijos, que has saciado con nuestros furores.

 ¡ay! Demasiados Argos, tu, a quien regocijan los casos chispeantes y el terrible rosto del infante Mauritano midiendo con ojos inflamados a su enemigo lleno de sangre! O tú el de las alas rápidas, el hijo de la bien hechora Maya; ¿querrás tú, mudando tu forma celeste por los rasgos de un joven héroe, querrás tu ser llamado entre nosotros el vengador de Cesar?

¡Deja para más tarde tu vuelta a los cielos!¡prolonga con alegría tu estancia en el seno del pueblo de Quinud: que un viento veloz no te arrebate de entre nosotros, enojado de nuestros vicios; antes gusta aquí, en medio de nosotros, de gloriosos triunfos; gusta de que te llamen aquí Padre y Príncipe de la patria, y no toleres que el corcel del miedo holle impune la tierra en que reine Cesar!.

Horacio no puede dejar de hacerlo. Canta a Diana y Apolo. Les indica su tiempo mítico y les advierte:

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